"NO VIVO PARA SÍ" - Conferencia del Maestro Beinsá Dunó


NO VIVO PARA SÍ

 

Conferencia dominical Nº38, dada por el Maestro Beinsá Dunó el 24 de junio del año 1934, a las 10 a.m., Sofía – Izgrev.

 

            “La Buena oración” – oración.

            “En el principio era el Verbo” – canción.

 

            Leeré el capítulo 5 de la segunda Epístola de Pablo a los Corintios. Es un poco filosófico: “Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos.” (Versículo 1 – n.d.t.).

 

            “El Espíritu de Dios” – canción.

 

            Tomaré solo una parte: para que vivamos ya la vida no para sí mismos, sino para Éste que resucitó por ellos (Véase versículo 15). Hay dos realidades en la vida: una realidad es sobre la que descansa la vida; la otra realidad es aquella que puede cambiar, la que trae todas las decepciones que ahora tenemos. Así que, aquel que se ha decepcionado, está en la realidad que trae decepción. Que entre en aquella realidad en la cual no hay decepción. La enfermedad es una realidad que trae decepción. La salud es una realidad que trae salud. La pobreza es una realidad que trae limitación e inquietudes. La riqueza es una realidad que trae alegría y gozo. La ignorancia es una realidad que trae limitación y desdicha. Y el conocimiento es una realidad que trae fuerza. El odio es una realidad que trae desdicha al hombre. El Amor es otra realidad.

            Digo: Entre estas dos realidades a veces la gente se encuentra y le llaman a ésta “la realidad relativa de las cosas”. En la realidad relativa ellos deben prepararse siempre para pagar. En la realidad relativa, tanto dinero que tienes, se va a evaporar. Salud tienes, te la tomarán. No eres amo de nada y al final de las cosas serás un esclavo. Tú eres joven, te envejecerás. Tú eres viejo, morirás. Y cuando te mueras, entonces no te dejarán en paz, sino que te vas a descomponer y nada quedará de ti. Ahora algunos terminan y dicen: “No vale la pena que el hombre viva”. Esto es una incomprensión. Él vive en la realidad relativa y dice: “No vale la pena que el hombre viva”. ¡Es recto, en la realidad relativa no vale la pena que vivas! Hay una realidad que trae exactamente esto lo que deseas. Decís: “¡Compruébamelo!” Cuando entras allí, tendrás esto lo que digo: Cuando entras, lo aprenderás. Entra un señor, tiene miedo de la tormenta y dice: “No salgo fuera, hay una tormenta”. Esta tormenta entra adentro. Él huye de la tormenta, quiere salir afuera. Por fuera cuando está la tormenta, digo: “Salgo afuera”, y sale con esta. ¿Por qué? Porque no se va a absorber.

            Ahora nosotros, los que estamos en el mundo, decimos: “¡No me muevo yo de aquí!” No te muevas, pero llega la muerte, esa tormenta grande – que cuando entra, por fuera saldrás y más allá pasarás. No hay ni un hombre que se haya quedado en casa cuando ha entrado está tormenta grande. Dinero no tiene para quedarse, no hay por qué hacer amistad con ella. Con la serpiente amistad no se hace. Hace tiempo nuestra tatarabuela, o nuestra madre vieja, con su gran inteligencia, tuvo solo una rendez-vous (una cita – n.d.t.) con ella y por 8000 años no se le puede perdonar el pecado. Tomadlo como queráis. Una rendez-vous de nuestra madre erudita, la cual en el paraíso no era así. Ahora todas las mujeres, si las juntas, no saben tanto como su madre. Si se juntan todas las mujeres que hay hoy en día, no son tan eruditas como ella era. Si ella hizo un error, y ellas tienen una rendez-vous con la serpiente, y piensan que el resultado será otro.

            “Para que los que viven, ya no vivan para sí” (Versículo 15 – n.d.t.). La vida es uno de los bienes grandes. Deben estudiarse las leyes de la vida. Nosotros muchas veces decimos: “No vale la pena vivir”. Muy bien, entonces tienen que cambiar las condiciones. En estas condiciones muchas veces dices: “No comparto tus pensamientos. No vale la pena vivir así, en esta pobreza. No quiero vivir”. Dios no te ha hecho para ser pobre. Nadie te ha hecho pobre. ¡Sal de esta! Cuanto antes mejor. Decís: “Destino es esto”. El destino tú lo has creado. No lo creó el Señor. ¿Acaso tu Padre tendrá beneplácito en que el hijo viva en miseria y se torture? De ninguna manera es así. Decís: “Soy pobre. El Señor ha ordenado este trabajo”. Esto es filosofía. ¿Pueden estas filosofías tener sentido? Aquel, el hijo pródigo, después de irse, se comió y se bebió todo, dice: “Que regrese a mi padre”. Y cuando regresó, su padre le dio ropas nuevas, le dio todo. Su padre no quiere que viva en pobreza.

            Dice: “No vale la pena que el hombre sea ignorante. Sal de la ignorancia, estudia”. – “No tengo capacidades”. ¿Por qué vas a mentirte solo de que no tienes capacidades? ¡Dios te ha creado, ha puesto en ti algo magnifico! Tú todavía no te has comprendido a ti mismo. Algo magnífico hay en ti. – “Pero fulano me ha dicho”. Deja lo que te ha dicho. Él no es una autoridad. Esto, lo que está puesto en ti, esto es una autoridad. Tú siembra el grano de trigo y verás lo que es una autoridad y lo que está puesto en ti.

            Hay una comparación. Uno va y entra en el mundo. Le dijeron ahora: “¿Eh, qué quieres tú: llegar a ser un banquero, llegar a ser un cochero, que lleves un grano de trigo?” – “Un banquero, por supuesto, no soy tan estúpido como para llevar el grano de trigo conmigo”. Y los dos aparecen delante de Dios. Uno lleva la idea de llevar el oficio de banquero, y el otro – de llevar un grano de trigo. Le pregunta el Señor: “¿Cuánto quieres?” – “Diez millones me son suficientes”. Y al otro dio un granito de trigo, le ayunto en el coche y dijo el Señor: “Cuando te vayas, lo sembrarás”. Le dice el Señor: “Vas a jalar la correa 15 años y tu trabajo va a crecer, y la suya va a disminuir”. Cuando regresaron después de 1000 años a la Tierra, el Señor pregunta al banquero: “¿Cuánto dinero te hace falta?” – “El oficio de banquero no me hace falta. No quiero llegar a ser ya un banquero. Todo quiero, pero oficio de banquero no quiero. He aprendido, es un trabajo muy malo”. Y aquel que llevaba el granito dice: “Señor, estoy muy agradecido. He jalado la correa 15 años, pero después de 15 años, toda la gente de la Tierra se hicieron amigos míos. Toda la gente hasta entonces sufría, pero con mi trigo, esta gente ya comenzó a no morir tanto”. Así que digo: Nosotros ignoramos los trabajos pequeños en el mundo. Nosotros ignoramos una palabra que lleva la Fuerza de un grano de trigo. Nosotros ignoramos la fuerza de un acto pequeño, pero en este acto se asienta toda tu felicidad. Nosotros ignoramos alguna vez el pensamiento pequeño y decimos: “¡Quién se va a ocupar con este!” Pero en este pensamiento pequeño se asienta toda tu felicidad. Nosotros nos encontramos en aquella contradicción. Dos amigos se detienen en un hotel americano. Uno – aristócrata, el otro – pobre. Se acostaron para dormir. En algún momento se incendió el hotel y el pobre se levanta, y dice: “¡Levántate, porque el hotel se está incendiando!” Aquel dice: “Quítate, quiero descansar. Ellos lo apagarán”. – “¡Levántate!” – dice. – “Déjame dormir, ellos lo apagarán”. El pobre sale del hotel afuera y dice que no podrá descansar, y aquel se queda para descansar, pero después de un tiempo le ven arriba, sobre el techo, grita por ayuda. El hotel está ardiendo, todas las comunicaciones así están cortadas, la gente quiere abajo ayudarle, no sabe cómo. Nosotros esperamos los resultados finales. El rico quería descansar. ¿Qué le costaba salir afuera y cuando apagaran el hotel, entrar de nuevo y dormir? Él dice: “Lo apagarán”. ¿Estás tú seguro de que lo apagarán?

            No demores cualquier trabajo que la vida quiere. Una cosa nunca la demores. Y en el pensamiento. La primera regla: Nunca demores un deseo bueno, nunca demores un acto bueno, si quieres llegar a ser un hombre en el mundo. Este acto, aun cuando venga en tu mente para hacerlo, aunque sea en el sueño, levántate de la cama, no lo dejes para el otro día.

            Digo: Frecuentemente se habla de Dios, pero a Dios Lo ponemos en diferentes formas las cuales quedan para nosotros no comprendidas. Primeramente debemos estudiar qué cosa es el hombre. Ellos definen así: En los tiempos más remotos determinan al hombre como un ser que piensa. Esta definición es bella, pero yo defino, según yo, en mi mente, hay 4 cosas en el hombre. Él tiene un espíritu del cual proviene aquel impulso primordial donde aparece la vida. Él tiene una alma, esto, lo que percibe las cosas, las trabaja. Él tiene una mente, esto, lo que crea las formas, lo que condensa, trabaja, y en lo que ocurre toda la cultura. Y por fin, el corazón humano. Estas son las fuerzas que sirven al hombre. Cuatro cosas, unidas en una, forman al hombre.

            Ahora el hombre se ha separado. Vosotros decís: “Alma no tiene el hombre”. Para el espíritu, como sea, pero alma no tenía, más tenía manifestaciones del alma. El alma era algo abstracto. Para que se determine algo en el caso dado, esto se determina de dos maneras. Muchas veces a mi vienen y me dicen: “Dime, ¿conoces si soy un hombre bueno o un hombre malo?” Digo: “O eres uno, o el otro”. Porque si eres bueno, nadie puede hacerte malo. Qué voy a decir, si eres malo, nadie puede hacerte bueno. ¿Qué voy a decirte? Yo no te he creado. Yo como digo que eres bueno, ni mucho menos llegarás a ser bueno. Tú lo sabes. ¿Por qué vas a decir: “Soy yo un hombre bueno o malo?” Digo: O eres bueno, o eres malo. Pero si eres bueno dentro de ti, actúa según las leyes de tu bondad, puesto que si no actúas así, tú caerás en tentación. Nosotros hemos tergiversado la ley del Amor, hemos puesto una serie de reglas sobre a quién amar. Incluso Moisés, el que creó aquellas, las leyes grandes, los diez mandamiento de Dios, dice: “Que ames al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con toda tu fuerza; y que honres a tu padre”.

            Ahora nosotros ponemos una ley sobre a quién amar. La primera cosa en el mundo es: nosotros debemos amar a Dios. Si tú a Dios no puedes amar, a nadie puedes amar fuera de Él, puesto que todos viven en Él. Como amas a Dios, Él te enseñará cómo amar a la demás gente. Si no amas a nadie, esto muestra que no amas a Dios. Nada más. Puesto que todos viven en Dios, Él te va a enseñar cómo amar a la demás gente. Entonces, si amas, tú eres un hombre que crece.

            Ahora algunos dicen: “No vale la pena que el hombre ame”. Un precepto erróneo. La cultura, la felicidad, la bienaventuranza, la fuerza del hombre, la riqueza del hombre, su salud, todo esto depende de la ley del Amor en la cual él anda. Sin amor llegan los resultados contrarios en el mundo. Puede que él no concientice que ama, pero este hombre anda por el camino del amor. El Amor no es solo que lo aguantes, pero debes andar por aquella ley del Amor y que este Amor trabaje dentro de tu alma. ¿Entonces para quién tiene que vivir el hombre? Él tiene que vivir para Dios, para que y Dios pueda vivir para ti. Cuando tú trabajas para Dios por fuera, cuando tú vives para Dios por fuera, Dios vivirá dentro de ti. Él trabajará en ti. Cuando tú Le sirves por fuera, Él te servirá por dentro. Si tú no eres cuidadoso hacia los trabajos de Dios, Dios no será cuidadoso hacia tus trabajos. Tú te hundirás por completo y tu cabeza se va a emblanquecer; más si Le sirves, no era tiempo en el mundo cuando el hombre fue sorprendido. El que ha servido a Dios, este hombre crecerá, él no se va a detener en esta fase en la cual estaba hasta ahora. Esta posición del cual él sale, solo una Sabiduría Divina, solo un Amor Divino puede sacarnos de la posición presente de la vida. Cualquier cosa que digamos, a nosotros nos espera una fuerza grande. Tú te has envejecido, pierdes la fuerza, pierdes la riqueza, pierdes el conocimiento. Tu vista se debilita, tu oído se debilita. Te asustas. Pregunto ahora: ¿Desde esta posición a dónde irás? Un día tú puedes confiar a tus hijos y a tus hijas, pero ellos parten antes que tú a aquel mundo, tú te quedas.

            Me contaba un sacerdote búlgaro sobre el abuelo Radi en el pueblo Nikolaevka. Un propietario viejo, abuelo Radi, decía: “Hijos tengo, me van a mirar”. Pero todos sus hijos salieron tan desgraciados que le pusieron en una casita. Él grita desde dentro: “¡Pan, pan!” y por 3-4 días le mantienen hambriento. Sus hijos e hijas no quieren saber. El sacerdote pasa: “¿Qué quieres?” – “¡Moriré hambriento!” – “¿Pues qué decías que estos hijos e hijas te iban a mirar?” – “Me engañaba, me engañaba. Me van a matar de hambre”. Un día se enciende la casa y el abuelo Radi se quema junto con la casa.

            Confía ahí donde no serás engañado. Confía en Dios – no hay ni un hombre y ni un caso. La experiencia de todos los creyentes que con miles de años han servido a Dios: no hay ni un hombre que con miles de años ha servido y que haya sido engañado. Decís: “El Señor da, pero en el redil no mete”. Tú, como crees en Dios, serás sano, serás prudente, serás fuerte, serás rico, tendrás todo a disposición. El Señor nunca te va a dejar a prueba. Muchos de vosotros se desaniman. Y viejos, y jóvenes se desaniman. Muchos de vosotros se desaniman porque no hay a quién amar. El joven no puede encontrar a quién amar, y al viejo no hay quién amarle. Y los dos sufren. Que el joven ame a Dios, nada más. Si no hay a quién amar, hay Uno que puede amar. ¿El viejo qué tiene que hacer? Y él tiene que amar, que no espere que le amen. El Señor le ha amado. El viejo como empiece a amar, el viejo a través de su amor se va a rejuvenecer. El Amor rejuvenece, y el miedo envejece al hombre. La gente se asusta, dice: “Hemos envejecido”. Este es un miedo eterno. La vejes es una condición para que te rejuvenezcas. La juventud es una condición para que estudies, para que adquieras conocimiento. El joven, como envejece, adquirirá conocimiento. Después de llegar a la fase del hombre viejo, encontrará las condiciones en las cuales él puede rejuvenecerse. Él como empiece a amar, comenzará a rejuvenecerse.

            Ahora en el mundo decís que no vale la pena que el hombre ame. Depende cómo amáis vosotros. Este amor del cual ahora yo os hablo: cuando amáis a alguien, que él absolutamente no sepa esto. Vosotros vais a arreglar el trabajo, hablaréis de la manera más bella, que él vea: que desde miles de sitios fluyen los bienes; que vosotros concienticéis que vosotros sois el factor, pero que este hombre no sepa de esto. Él dice: “Bellamente está arreglada la vida”. Vosotros sabéis que vosotros sois la causa. Que os alegréis en vuestro amor, de que le amáis. En vuestro amor este hombre vive y disfruta. Esto es amor. Aquel amor que no se sabe, este es el amor verdadero. El amor que se sabe, este es temporal, en él hay muchas decepciones, muchas aflicciones. Y éste es bello, alguna vez trae y cosas bellas. Bellas son las cartas de este amor, yo las he leído. Así escribe: “Sin usted no puedo vivir, usted es sol de la vida, usted es estrella que guía mi camino, usted es para mí todo en el mundo. Sin usted no puedo. Usted es para mí el Paraíso”. Muy bello. No os voy a decir lo contrario. Vosotros os lo vais a traducir. El otro, según yo, no existe. Esto es así: Sin Dios no hay Paraíso. Así es. Todo lo que se dice es cierto solo al respecto de Dios. En cuanto a la gente, si vosotros lo requerís, no comprendéis la ley. Éste, aunque tuviera todo el deseo bueno, él no es capaz de haceros felices, puesto que él mismo es un hombre infeliz. Vosotros podéis confiar a vuestro padre. Él no es un rey, él no dispone con toda la Tierra, él no dispone con toda la riqueza. Puede tener una ganancia de 4, 5, 10, 50 000 levas. ¿Qué son 10 000 levas en estos años? 10 000 levas un americano puede fumarlos en un porro.

            Ahora quiero que quede un pensamiento. No que os deje, sino que despierte en vosotros aquella seguridad en sí mismos que tenéis, que confiéis, que probéis. Hay una ley interna: que creáis en aquello que está puesto en vosotros, que creáis en vuestro espíritu, que creáis en vuestra alma, que creáis en vuestra mente. Yo hablo de la mente que Dios ha puesto. Que creáis en vuestro corazón. Hay cosas secundarias en las cuales el hombre no puede creer. Este espíritu ha salido de Dios. Esta alma ha salido de Dios. Esta mente que tenéis, ha salido de Dios. Este corazón que tenéis, él ha salido de Dios. Todos habéis salido de Dios. Este (corazón – n.d.t.) pulsa, tiene un ritmo Divino.

            Y el espíritu, y el alma, y la mente, y el corazón pulsan según el ritmo que está en Dios. Si vosotros mantenéis esta armonía, de vosotros todo llegará a ser. Si quebrantáis este ritmo, inmediatamente no hay ningún sentido en la vida. La primera cosa: cuando pierde el sentido, vuestra vida ya no es musical. En la música contemporánea han hecho pruebas: toca a un árbol fructífero o a alguna flor, y como le toca alguna canción de algún autor, este se vivifica; toca de algún otro autor – se apaga la vida. Así que tú piensas que si cantas la canción: “Madre, madre, querida madre, ¿por qué me has dado a luz?”, ¿piensas que florecerás y atarás? Cantarás: “Bendita eres tú, madre, que me has dado a luz para ver este mundo Divino, para servir y amarte. ¡Bendita eres tú!” Así cantarás. Florecerás y atarás. Cada uno se alegrará de tu fruto. Así que, ha llegado el tiempo, cuando se requiere cantar, nada más. No quién en qué cree, no quién a qué pueblo pertenece. Es bello que eres búlgaro, que eres inglés, que eres francés. Que seas inglés – en todas partes está abierto, un imperio amplio. El búlgaro, el pobre, dondequiera que vaya, siempre te encogerás. Las únicas condiciones bellas en las cuales llegarás a ser un hombre: tú tienes que servir, que seas siervo. Yo os he dicho, yo determino ahora así.

            Decís: “¿Cuál es el sentido de la vida?” A veces yo lo pongo muy concretamente. Decís: “¿Qué cosa es un santo? ¿Qué cosa es un siervo? ¿Qué cosa es un hermano? ¿Qué cosa es un discípulo?” Yo lo determino así, corto y claro. Digo: Tú eres un viajero que puede satisfacer. Has viajado largo tiempo. Cuando te vea el santo que te has perdido, saldrá con su linterna, te acompañará hasta el hotel y dirá: “¡Hasta luego, hermano!” Cuando entres en el hotel, te mostrarán una habitación donde puedes descansar. “Tenga usted” – te mostrará una habitación donde puedes descansar. Sale el siervo. Vendrá el hermano y te dirá: “Tú, largo tiempo has viajado, tienes que tener hambre”. Te trae su tabla con pan. Te alimentas. Por fin viene el discípulo, dice: ¿A lo mejor esta noche no puedes dormir? Yo te voy a dejar un librito bello para leer”. He aquí cómo tenéis que servir. El santo brillará. El siervo servirá. El hermano traerá pan. El discípulo dejará un libro. ¿Hay alguna dificultad en el servicio? Decís: “El santo debe ser un hombre”. Cada uno puede ser santo: una lámpara en tiempo nocturno brilla. Cada uno puede ser siervo: dice “¡Tenga usted!”, le muestra la habitación, le sirve. Cada uno puede llevar pan. Dándole el pan. ¿Si no llevas el pan, qué hermandad es esta? Cada uno puede ser un discípulo, que deje un libro en alguna parte. Pregunto ahora: ¿Fuera de estas comprensiones, en la vida presente, así como vivimos nosotros, hasta dónde hemos llegado? Hemos llegado hasta alguna parte. Nosotros tenemos muchos conocimientos, poca felicidad tenemos. Tenemos mucha fuerza, pero esta fuerza no sabemos cómo utilizarla y en consecuencia de esto en nosotros, con la fuerza que nace, nosotros hacemos mal. El mal es una fuerza enorme. Y como no sabemos la fuerza que Dios nos ha dado, cómo utilizarla, nosotros hacemos mal en el mundo sin querer. Por lo tanto, en la vida presente el hombre debe ayuntar estas fuerzas y que sepa cómo trabajar con ellas.

            Ahora, hay ciertas reglas con las cuales el hombre puede trabajar. Vosotros no habéis contado hasta ahora, por ejemplo, hasta ahora cuánto habéis comido. Los que he encontrado, una estadística no tenéis. Por ejemplo, con cuántos bocados os alimentáis. Ni uno de vosotros sabe, ¿hay por lo menos uno que haya contado con cuántos bocados durante la comida os alimentáis, o por cuántos minutos; por cuántos segundos os ha tomado el masticar; y en el caso dado, qué pensamientos os han pasado? Si masticas una comida en tu boca y tú eres un banquero y dices: “Aquel es un chupasangre, no me ha dado el dinero” – masticas y así piensas, ¿piensas que este pan irá a su sitio? ¿Piensas que y los jugos de este alimento irán a su sitio? No, con este bocado tú te firmas la sentencia. En el caso dado, cuando comes, pensarás en el grano de trigo que te trae un bien para ti. Vosotros no conocéis aquella vida magnífica que se esconde en el pan, la que está introducida en el pan. Nosotros comemos el pan y no sabemos de aquel elemento Divino, escondido dentro del pan, de la vida Divina que está escondida dentro del pan. ¡Tú con reverencia comerás! Cuando tomes el pan, que consideres que este pan es sagrado. Cuando lo miras, que sepas que en él está la vida de Dios y que lo valores. Tú tomas el pan y dices: “Este pan no vale, aquel pan no vale”. Y después de alimentarte así por muchos años, nada puedes lograr.

            Entonces nosotros hemos tomado una regla: se nos predica una enseñanza que es muy fácil. Decís: “¡Que el hombre tenga suerte! ¡Hazme nacer, madre, con suerte, y tírame en el basurero!” ¿Pensáis que aquella madre, que ha dado a luz a un hijo con suerte, le va a tirar en el basurero? ¿Pensáis que aquel, que lleva una piedra preciosa, la va a tirar en el basurero? Este proverbio no tiene ningún sentido. “Hazme nacer, madre, con suerte, y ponme en la vida difícil, que me pruebes que yo lograré éxito”. Esto significa. “Hazme nacer, madre, con suerte, y ponme en el basurero, ponme en la boca de la muerte para que pruebes mi fuerza, que estas mandíbulas de la muerte puedo romperlas”. Esto significa que el hombre ha nacido con suerte. Él rompe las mandíbulas de la muerte.

            Tenemos tales ejemplos. Cristo cuando entro en el vientre de la muerte, ella se encontró en milagro. Y Jonás, a quien trago aquel pez grande, pues cuando se encontró Jonás dentro, empezó a orar y después de invocar al Señor, descendió el Señor y el pez se encontró en milagro. Cuando llegó el Señor, éste se asustó. El Señor le dice: “Irás para echarle, él tiene un trabajo que hacer para Mí”. Éste dice: “Esta es la desgracia grande. Lo que dices, lo haré”.

            Cuando entres en el vientre de la muerte, llama al Señor. Y cuando venga el Señor, dirá a la muerte: “¡Déjalo irse! Tiene trabajo que hacer”. La muerte te echará. Tú dices: “¡He sanado!” No es un trabajo fácil, y más allá pasarás. Si no invocas al Señor, ella hará así como sabe, como suero de leche te volverás. No quiero convenceros de algo nuevo. Ni mucho menos quiero introducir algo nuevo. Todos vosotros aspiráis a una vida nueva, noble y sublime, una vida nueva – esta es una vida de resurrección. La vida nueva es una vida del amor, donde el odio desaparecerá, la gente cambiará y vivirá así como es debido. Todos viviremos para Aquel que ha muerto por ellos y ha resucitado. Es decir, El que sabe los caminos por los cuales la humanidad tiene que pasar.

            Así que digo: En las condiciones presentes del mundo, a la gente le hace falta un gran impulso de su espíritu. El hombre nunca debe negarse de su impulso. Un impulso tienes hacia el bien. Él dice: Si quieres llegar a ser un hombre, si quieres recibir una verdad, no te niegues de este deseo de recibir la verdad, no la demores. Quieres crear algo, escribir algo – no lo demores, da paso al trabajo. Dices: “Este trabajo no es para mí”. Te viene en la mente durante el tiempo nocturno de cantar. ¡Canta! Tú dices: “En años viejos ahora cantaré. ¿Para quién voy a cantar?” Hasta ahora has cantado para la gente. Ahora canta para ti mismo. El mejor público eres tú, el hombre mismo. Tú mismo eres y el mejor cantante, y el mejor oyente, el mejor público eres tú. ¡Levántate y canta!

            Pregunto: ¿Si os llega en tiempo nocturno un impulso de cantar, qué canción cantaríais? Yo sé, puedo transmitiros, no quiero afectar, muchas canciones cantaríais. Yo cantaría así: “Magno es el camino del Amor mediante el cual se manifiesta la vida. Yo me alegro por estar en este camino para ver esta luz que por primera vez veo”. Así cantaré. Cuando me levante en la mañana, mis trabajos se arreglarán. ¿Sabéis qué cosa es el Amor? Ésta es la Fuerza. En el Amor hay una Fuerza magna.

            Os voy a dar un ejemplo. Un tacaño, americano, se va a él un comité de hombres y mujeres para pedir dinero para alguna sociedad de beneficencia. Él dice: “Señores, no dispongo”. Éstas eran mujeres viejas, de buena honra, le hablaron y a ellas él dice: “No dispongo”. Les da solo 100 dólares. Él podría dar 1000, pero dio solo 100 dólares. Se va una hermana joven y dice: “Yo iré a él”. Cuando entra, le saluda amablemente, le palmotea por el hombro, le acaricia un poco por la cara, y él saca y da 2000 dólares. Y dice: “Estoy a Vuestra disposición. Y otra vez vengan de nuevo. Cuando lleguéis, palmoteadme de nuevo”. Él siente que ella ha introducido una vida nueva. Vosotros diréis: “Esto no es de buena honra, esto no es según las reglas. ¿Qué dirá su mujer? ¿Qué dirá la gente vieja? ¡Así dio a la muchacha joven 2000 dólares!” Y cuando ella sale, él con devoción la mira. ¿Sabéis qué es lo que reflexionó este americano? Él dice: “Un tonto grande fui hasta ahora. Yo no estaba comprendiendo el Amor. Esta mano que me palmoteó, vale más que la riqueza que tengo. ¡Ojalá venga una segunda vez!” Pregunto ahora: ¿Qué es mejor: que él piense en su dinero, que lo guarde así, o que piense en la mano de esta muchacha que le eleva por algo, para que dé? Por fin él se interesó, encontró la dirección y le escribe una carta. Le escribe: “Dime qué tengo que hacer com mi riqueza. Yo no he sabido cómo vivir hasta ahora”. Se aconseja con la muchacha joven. Esta no es la muchacha joven, este es Dios que llegó a través de la muchacha joven. Esta es la juventud eterna. Dios es un ser que nunca envejece.

            Así que digo: Si nosotros en la vida vivimos, y si esta mano Divina os palmotea a vosotros por el hombro, y si solo os acaricia, la cuestión está terminada. Desde este día todo en el mundo ya es posible.

            Os deseo a todos que esta muchacha joven os palmoteé por el hombro a todos, sin diferencia, que os acaricie por la cara.

 

            “Bendito el Señor Dios nuestro” – canción.

            “Padre nuestro” – oración.

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