Amazing Clouds

Estaba revisando para conseguir alguna oración que ayudara a otros a tener un buen paso de plano -porque realmente creo que la muerte per se no existe- y encontré el relato de una joven, que narraba el “método” de asistencia de un padre católico en las ocasiones cuando una emergencia no permitía que fueran aplicados los santos óleos, como acostumbra la iglesia católica. Me pareció hermoso y de mucha ayuda y por eso decidí compartirlo con ustedes, una palabra antes del paso de un estado a otro puede marcar la diferencia, en todo caso me parece que cualquier ayuda que podamos brindar desde nuestro más profundo amor incondicional siempre será bien recibida en las esferas superiores.

Debo aclarar que personalmente no creo en “pecados” sino en arrepentirse por lo que se dejó de hacer, por no aprovechar las oportunidades, por las malas acciones que pudimos realizar y por todo aquello que guarde cada quien en su corazón. La vida es un aprendizaje muy personal, la forma y el tiempo de evolución es muy individual, por esto no creo en “listas de pecados” sino en cosas que el alma lamenta. Les copio el texto.

“Como no todas las personas fallecen por una enfermedad prolongada que les da tiempo para prepararse y conseguir la asistencia espiritual de un sacerdote, es bueno tener en cuenta algunas palabras rápidas y fáciles de decir que nos ayudan a conseguir la salvación.

Alguien podría estar en riesgo de muerte inminente y sin haberse confesado y sin tener a mano un sacerdote que pueda confesarle para absolver sus pecados, pues bien en ese momento posiblemente no le dé el tiempo para recitar una oración larga y es allí cuando le bastará decir como acto de contrición las palabras: “DIOS MÍO, PERDÓNAME”.

En estas tres palabras se resume el admitir que Dios existe, que lo amamos y que estamos arrepentidos de nuestros pecados, que es lo básico que uno debe sentir y decir en un acto de confesión.

Una persona puede querer pedir perdón a Dios por dos motivos, por temor o atrición y por amor o contrición. De las dos situaciones la importante es la última, el pedir perdón por amor, porque allí sí hay arrepentimiento. En cambio el pedir perdón por temor sólo manifiesta egoísmo. Se puede pedir perdón por ambas razones, pero para conseguir el perdón se requiere el arrepentimiento. La palabra MÍO implica amor. Si decimos a alguien “hijito mío”, “cielo mío”, “vida mía” el posesivo mía o mío nos indica una actitud amorosa.

Contaba el padre Löring el caso de una jovencita que presenció un accidente en la carretera y bajó de su vehículo a tratar de socorrer, pero sólo vio dos hombres yaciendo en el piso. La chica había asistido hacía tiempo a una charla de este sacerdote donde había hablado de este tema y recordó lo que había que hacer en casos como el que estaba viviendo, cuando no se sabe si la persona accidentada está muerta o no. Entonces se acercó a cada uno de los hombres y junto al oído de ellos les repitió tres veces la frase de contrición: “DIOS MÍO, PERDÓNAME”. En cada accidentado grave a punto de morir lo último que esa persona pierde es el sentido del oído, por lo tanto si estos hombres alcanzaron a escuchar la frase y la aceptaron en su corazón (que es lo importante, pues no la hicieron como acto autómata como varios suelen rezar algunas jaculatorias) entonces ya podemos suponer que salvaron su alma. La jovencita entonces dio a aquellas personas la joya más grande que alguien pudiera haberles dado en esta vida: reencontrarlos con Dios y asegurarles la gloria de la vida eterna.

Otro caso de una mujer que también había escuchado este consejo al padre Löring: Ella había presenciado el volcamiento de un vehículo, como no podía sacar a los accidentados entonces se acercó a una de las ventanas y como pudo dijo hacia adentro tres veces “DIOS MÍO, PERDÓNAME”. Dice que desde dentro del vehículo sintió una débil voz que repitió las palabras. Al otro día, por el periódico supo que las tres personas que iban dentro del automóvil fallecieron pero al menos tuvo la seguridad que una de ellas sí había salvado su alma.

Alguien dirá ¿Cómo me voy a acordar del “DIOS MÍO, PERDÓNAME” en un accidente repentino de algunos segundos? Pues bien, si llevamos esas palabras grabadas en nuestra alma, claro que las recordaremos en esos momentos. Para eso basta con que cada noche antes de dormirnos las digamos, porque nadie sabe si llegamos a fallecer esa misma noche. Al finalizar el día es bueno rezar tres avemarías, hacer un breve examen de conciencia y repetir las palabras de contrición. Así, con este hábito de pedir perdón cada noche lograremos grabarnos la frase “DIOS MÍO, PERDÓNAME”.

Si tenemos en cuenta estas sencillas palabras podremos ayudar a quienes estén en riesgo inminente de muerte, aún cuando no seamos sacerdotes y no podamos administrar los últimos sacramentos a un moribundo.

Decía el Padre Löring que de nada sirven todas las bendiciones que él pueda hacer a una persona apenas muerta, lo que vale es el hecho que esa persona haya podido decir esas palabras o al menos oírlas para aceptarlas en su corazón, porque en definitiva es el arrepentimiento genuino de sus pecados ante Dios y por ello Dios lo perdonará ciertamente y lo acogerá.

A mí me encantó enterarme de este consejo y por eso lo comparto con ustedes, mis hermanos. Lo considero una joya, porque no sabemos en qué momento podría necesitar ponerlo en práctica”.

Fuente: https://compartiendoluzconsol.wordpress.com